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Hugo Paredero
JORGE GUINZBURG
la inteligencia rebelde
Jorge llevaba en el cuello una cadena con una estrella de David.
Estaba circuncidado y tuvo su bar mitzvá. No era lo que podría
llamarse un ortodoxo, pero sentía que el judaísmo era su identidad.
Se decía creyente porque "a mí me gusta la explicación facilista de
que alguien creó todo esto, no puedo ponerme a pensar que sea
casualidad que existe algo tan perfecto". No dudaba de que, si existía
el cielo y el infierno, a él le tocaría la mejor recompensa, pero, por las
dudas, elaboró una teoría: "Pienso que el cielo de todas las personas
no es el mismo; el cielo es cielo para cada uno". Pero esa fe no le
ponía límites a su curiosidad. Y como buen insaciable, cuando se
satisfacía con una respuesta brotaban nuevas preguntas. Y todos,
absolutamente todos los caminos conducían al humor o provenían de
él. Como lo recuerda en este libro Carlos Ulanovsky, "una eminencia
de la réplica veloz y conmovedora, hombre-niño todavía en la edad
de los porqués y de las preguntas. La suya era una cabeza que no se
detenía nunca. Personalidad que cuando uno iba él ya había ido y
vuelto tres veces. Tomador de riesgos. Jugador de todas las mesas y
de todas las timbas creativas".
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